¿Dónde te has ido? Te diluiste como tinta sobre una hoja que fue mojada con llanto, mi llanto.
El día que me fui, fue exactamente el mismo día que sabías que volvería, dejaste que se cumpliera.
Un día tu voz atraviesa la distancia para posarse en mi oído, tus palabras se forman una detrás de la otra para acariciar mis ojos; juegas a dejarme creer que puedo ocultarme: el famoso juego en que uno cuenta con los ojos tapados mientras el otro determina el mejor sitio para permanecer a salvo hasta que el primero lo encuentra y entonces cambian de posición.
Te tocó contar y me tocó esconderme, viniste pronto y avisaste que me habías hallado; es cierto, nunca tuve realmente ganas de desaparecer. Me tocó cerrar los ojos. Debiste avisar que cuando llegara al cien y mirara ya no ibas a estar, fue trampa. Sé dónde estás, sé cómo encontrarte. Estás en el único lugar en que no puedo ir por ti, allá donde no puedo buscarte, te fuiste. Fue justo el instante en que comencé a llorar y entonces, te diluiste...
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