Tuve una sensación extrañísima que no lograba reconocer, era como un cristal frío roto dentro de mí, y una ansiedad inúsitada...
Conforme el tiempo avanzaba, esta sensación se iba acentuando, corvirtiéndose a momentos en un intenso fuego ardiente, del que solo lograba escapar, tal como se hace con un gran incendio: llenando mi interior de líquido ambarino, embriagante y deletéreo, que al correr por mis venas, me conducía ipso facto a un estado de total desolación, sensación que además, yo prefería, porque de ese sí tengo costumbre; me gusta saber que la nostalgia en que me instala, me hace notar que existo, cuando menos, me cura de la insensibilidad, de la cual las más de las veces, soy irremediable víctima... esto hasta el momento en que mi alma apenas febril, fue sacudida por la conmoción de un sentimiento desconocido, en el que caía una y otra vez, y otra y otra...
Fue, por lo demás, sorprendente el instante en que aquello desapareció, comenzaba a aceptar con cierta resignación, que día tras día me acechaba en los rincones la idea de esperar algo, de estar a la expectativa de algo y no saber qué era aquello por lo que yo hacía fila.
El instante exacto cuando desapareció, fue ese mismo en que volví a verte. Dejé como cada vez, que tu aroma tóxico invadiera mi espíritu (si acaso este último existiera). Estabas como siempre: con ese tono desenfadado en la mirada, la sonrisa ligeramente irónica, la voz melodiosa, la temperatura baja, y la calma que sin saber, me inyectabas con tu lacónica presencia.
Fue entonces cuando reparé en que la primera ocasión en que esta sensación de un frío cristal roto dentro de mí, apareció un día de los pocos en que comenzaba a frecuentarte, justo al despedirnos, y reaparecía más agudo cada vez que volvías a decir adiós, a decirme adiós...
Lo interpreté sin mayor complicación entonces, aquello que me ocurría, eso tan ajeno a mí, tan ignoto a mi ser, todo el tiempo trató de una sola razón.
Tuve entonces una contrariedad mayor, tu presencia, ya de por sí efímera, era inversamente proporcional a lo intenso de mi estado, y la intensidad de mi estado directamente proporcional al pausado andar del tiempo...
Esta ya no tan insólita sensación, es sencillo traducirla: Te extraño.
Sería más sencillo aún solucionarla,... es sólo que he descubirto casi al mismo tiempo que me ha causado una frenética adicción. Por eso he venido a verte, a intoxicarme con tu aroma, a reflejarme en tus ojos desenfadados y escuchar tu risita socarrona; necesito tu presencia y la infinita calma a la que me conduce el estar entre tus brazos, sentir tus labios, la secuela suave y húmeda que provocan en los míos, fundirme de mil formas a tu esencia, para que así, al despedirnos, fluya nuevamente en mi organismo el efecto de tu ausencia.
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